«Baba nam kevalam»: días mágicos en Baan Unrak Foundation

No creo en el destino, pero sí en que a veces, el universo nos da señales que nos orientan a tomar decisiones para llevarnos a un lugar determinado. Llegué a Sangkhlaburi, un pequeño pueblo de la provincia de Kanchanaburi en la frontera con Myanmar, un poco por casualidad. Había investigado buscando ong’s a las que visitar, y me topé con la fundación Baan Unrak, traducido “la casa de la alegría”. Enseguida mi instinto me dijo que tenía que visitarla. A medida que iba leyendo sobre su localización y la historia de la fundación, más seguro estaba que la experiencia valdría la pena.

Los días previos a mi llegada a Sangkhlaburi estuvieron llenos de hechos que me confirmaban una vez más que la gente local en su gran mayoría, intenta ayudarte. “El país de las sonrisas”, dicen de Tailandia. Estoy de acuerdo en esa afirmación, aunque me he cruzado con miles de sonrisas en los países previos que he visitado. No solo en Tailandia. Si te alejas del turismo masivo, dónde se nos ve como billetes con patas, te encuentras con gente que te mira con curiosidad y con una generosidad fuera de lo común. Mi día a día era levantarme más o menos pronto y hacer autostop para ir bajando hacia el sur. Cada día conocía a gente que me invitaba a comer o me compraba snacks o bebidas para combatir el calor que viene acompañado de una humedad insoportable. Algunos días me invitaban a dormir en sus casas, o me ponían en contacto con algún familiar o amigo para que me hospedara.

En Kanchanaburi, zona poco turística entre extranjeros, decidí buscar un templo donde dormir. Después de disfrutar de un mercado nocturno con un ambiente muy cálido y lleno de gente, me acerqué a un templo budista con la intención de hablar con los monjes y pedirles que me dejaran dormir allí. El problema? Era ya de noche y los perros empezaron a ladrar violentamente al ver que se acercaba una figura en la oscuridad. El día siguiente un monje me explicaría que los perros protegen el templo. Creo que hicieron bien su trabajo…aunque no me mordieron. Un monje se acercó con curiosidad después de unos instantes de estupefacción. Le dije que viajaba con un presupuesto bajo, y que le agradecería mucho si me dejara plantar la tienda en su jardín. Me preguntó de dónde venía y cómo me llamaba, y acto seguido me ofreció una pequeña habitación, una botella de agua fresca y una sonrisa de oreja a oreja.

El día siguiente me dirigí a Sangkhlaburi. Subí en un tren para recorrer unos quilómetros de la “ruta del infierno”, un tramo construido durante la II Guerra Mundial por presos de los aliados y aldeanos tailandeses, que trabajaban en condiciones infrahumanas, cosa que se tradujo en miles de muertos. Los japoneses dependían del acceso al mar para proveer a sus tropas en Birmania. Pero esa ruta era atacada constantemente por los aliados así que construyeron estas vías para conectar Tailandia con Myanmar y abastecer sus tropas. Las vistas son impresionantes y el sonido del tren en marcha te traslada a tiempos con una historia dura y cruel. El tren no llegaba a mi destino así que hice autopstop. Me recogió una pareja tailandesa que se desvió 30km para conducirme a Sangkhlaburi. Llovía a cántaros y no querían dejarme en la carretera en esas condiciones. Me invitaron a acampar con ellos pero quería llegar esa noche a la fundación.

Didi, o Donata Dolci, una mujer italiana que lleva muchos años en Tailandia, fundó la ONG. Su mayor proyecto es la casa de acogida, que da techo, comida, asistencia médica y educación a cerca de 150 niños y niñas tailandeses y birmanos, incluidos niños de la comunidad Karen y Mon. A parte de la casa de acogida tienen una “bakery” (panadería) donde sirven deliciosas tartas, galletas, café y también cocina tailandesa y europea. Además venden ropa y objetos textiles (bolsos, riñoreras, pareos, etc) fabricados por mujeres en la fundación. Estos dos negocios tienen dos ventajas: por un lado dan trabajo a gente local (entre ellos adultos que pasaron su infancia en la casa de acogida) y por otro los beneficios van a la fundación para poder cubrir parte de sus gastos. Finalmente, en 2004 abrieron una escuela que proporciona educación no solo a los niños de la fundación, sino también a otros niños del pueblo.

“Baba nam kevalam”, este es el mantra que rige el día a día de los niños en Baan Unrak. Tiene toda una filosofía detrás, pero un significado aproximado es “todo es una expresión del amor”. La filosofía que acompaña a los niños en la fundación es el neohumanismo.  Un enfoque neo-humanista de la educación busca desarrollar las capacidades más sutiles de la mente humana. Neohumanismo es la práctica del amor por todas las entidades creadas del universo, animadas e inanimadas. Es el espíritu del humanismo extendido hacia todos: la elevación del humanismo al universalismo.

El neohumanismo afecta la vida de los niños directamente. En Baan Unrak se sigue una dieta vegetariana y se practica meditación dos veces al día. Muchos de los niños y niñas han sufrido duros traumas y necesitan una disciplina firme pero suave al mismo tiempo. Didi cree que el neohumanismo es la filosofía adecuada para estos niños y niñas, ya que les ayuda a desarrollar compasión hacia sí mismos y hacia los demás por encima de todo. El objetivo de la fundación es conseguir que los niños acaben haciendo una transición a una vida “normal” y por eso los anima y les da soporte económico para estudiar hasta la universidad. De hecho, muchos de estos niños y niñas se encuentran en una situación legalmente complicada al no pertenecer a ningún estado. Son refugiados birmanos y no son aceptados por el estado tailandés. Se les permite estudiar pero para poder conseguir los papeles tendrán que terminar la universidad.

Otro de los objetivos, ya como organización, que tiene Baan Unrak, es el conseguir ser autosuficiente. Disponen de un huerto en el jardín que da trabajo a unos cuantos jóvenes. Actualmente sobreviven de donaciones privadas junto con los negocios de la panadería y la venta de prendas de ropa. Pero cada año tienen que exprimirse los sesos para encontrar financiación que les permita cubrir los gastos.

Uno de los momentos más épicos de esos días y que tengo grabado en la memoria, es la meditación y la melodía del “baba nam kevalam” cantada por la voz dulce de lo niños y niñas, al tiempo que el sol subía poco a poco por el horizonte. Se levantan a las 5 de la mañana para meditar y cantar mantras durante una hora. Además Didi habla durante unos minutos al final para darles mensajes importantes o comunicarles cualquier cosa relacionada con su día a día. “Sed buenos con vuestros compañeros, respetadlos como os gustaría que os respetasen a vosotros”, “estad agradecidos por la comida, comed lo que os pongáis en el plato, porque si tiráis la comida estáis insultando a la gente que ha cocinado y a los que han hecho posible que tuvierais comida en el plato”, “aprovechad la oportunidad que se os ha dado”, “si un compañero está triste, acercaros, hablad con él o ella”, “dejad dormir por la noche a vuestros compañeros, si aún tenéis que terminar los deberes hacedlo en silencio…”.

El penúltimo día, Mala, una mujer que pasó su infancia en la casa de acogida y que ahora trabaja en la fundación, me acompañó para comprar el material que necesitaban. Compramos material escolar y calcetines para los niños. En total me gasté 4790 baths que son unos 140€.

Si quieres apoyarme en mi proyecto y seguir leyendo historias como esta, te agradeceré enormemente si pones tu granito de arena. Lo puedes hacer en este enlace:

Mi estancia en Baan Unrak fue inspiradora. Es un lugar mágico que te atrapa y el cariño de los niños hace difícil tomar la decisión de marcharse. Mi visado se terminaba en unos días así que no pude alargar más mi experiencia en Sangkhlaburi y puse rumbo a Mae Sot, desde donde cruzaría a Myanmar. Eso sí, me fui con la sensación que algún día volveré  para pasar más tiempo en la “casa de la alegría”.

Ahora me encuentro en Dawei, al sur de Myanmar. Sexto país que visito en esta aventura. Nueva gente, nueva cultura, nueva moneda…toca acostumbrarse. Pero tiene muy buena pinta! No sé que me deparará este país pero estoy seguro que será una experiencia bastante diferente que hasta ahora.

 

Un comentario sobre “«Baba nam kevalam»: días mágicos en Baan Unrak Foundation

  1. LAURA REXACH LAMOLLA Contestar

    Cada vegada que publiques un article m’emociono.
    Quines vivències!
    Orgullosa de tu.

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