De la playa al Himalaya: mujeres emprendedoras en Nepal

Desde que empecé el viaje en Asia, mis ojos se habían acostumbrado  al paisaje de arena blanca de las playas, el verde de los campos de arrozales y los imponentes volcanes en el horizonte. Dicen que después de viajar unos meses por el sudeste asiático, el paisaje te empieza a dejar de sorprender y los templos ya no te impresionan. Movido por el deseo de cambiar de perfil de país, ver paisajes completamente diferentes y vivir una gran aventura, decidí volar a Nepal. El plan era además, rencontrarme con un amigo italiano de Erasmus que conocí en mi estancia en Budapest, Alessio. Juntos haríamos el treking al campo base del Everest, uno de las mejores rutas que se puede hacer en Nepal y también la más exigente junto con la del Annapurna.

Pasé 4 noches en  Katmandú donde lo primero que noté fue el denso aire contaminado. Ya en Indonesia, había experimentado episodios parecidos donde, atrapado en el caótico tráfico, tragabas humo sin parar. Katmandú es una de las 5 ciudades con la peor calidad de aire del mundo, y la contaminación es la mayor causa de muerte en Nepal.

A parte de este hecho, las primeras impresiones de Nepal fueron muy buenas. Con ganas de mezclarme con la gente local, me negué a coger un taxi en el aeropuerto y caminé durante media hora en busca de un bus que me llevara cerca de mi hostal. Terminé en uno que resultó ser una lata de sardinas con ruedas, y dos chicas universitarias me ayudaron indicándome dónde me tenía que bajar. Nada está en inglés así que si no preguntas es imposible moverte por la ciudad, a no ser que cojas un taxi. La amabilidad de la gente emergía una vez más.

Los siguientes días me los pasé visitando la ciudad y pateándome el barrio de Thamel, el más turístico de Katmandú pero con mucho encanto, en busca de material para el treking. Como vengo de países de playa, todo la ropa que tenía era de verano salvo unos tejanos largos y una fina chaqueta de plumas. Lo bueno es que la ropa es muy barata y también se puede alquilar saco de dormir y abrigo.

Por otro lado, tenía previsto quedar con Aman, un joven Nepalí que conocí gracias a Trip-drop.com, la web que suelo utilizar para encontrar ONG’s o contactos que puedan estar interesados en mi proyecto. Aman es un joven emprendedor que viene de una familia modesta de Lumbini, ciudad donde se dice que nació Buddha. Ha creado una “guesthouse” o hotel pequeño, que funciona muy bien. Además está implicado en diferentes proyectos solidarios: colabora con un orfanato de Patán, ciudad pegada a Katmandú, y también ayuda a una comunidad de mujeres a emprender su propio negocio. Mi idea era colaborar con el orfanato ya que mi proyecto se centra básicamente en los niños, pero desde el momento que Aman me explico el proyecto con esas mujeres, sentí una gran empatía y acepté sin dudar su oferta de visitar algunos de los negocios de estas mujeres para ver de cerca sus historias.

Aquí podéis ver un video muy corto donde Aman nos explica el problema de estas mujeres y como él intenta ayudar a este colectivo:

La mayoría de estas mujeres vienen de pueblos donde las condiciones de vida son muy duras. Buscando nuevas oportunidades de trabajo, vienen a la ciudad, pero muchas terminan trabajando en la construcción o en trabajos muy duros físicamente. Es muy difícil para ellas emprender solas ya que no reciben apoyo. Con este proyecto, Aman quiere ayudarlas a emprender y llevar a cabo sus ideas. Les empuja a creer que con su negocio pueden aportar valor a la comunidad. Todo esto lo consigue dándoles soporte financiero puntualmente y formándolas en temas de negocio y emprendimiento.

El primer día visitamos a dos mujeres que han creado un negocio de muñecas tradicionales de Nepal. Ellas dos hacen todo el trabajo: compra materias primas, fabricación de las muñecas, venta, contabilidad, etc. La mayoría de sus clientes son escuelas y trabajan por pedidos, es decir que si no les llega ninguno no producen, ya que almacenar stock les cuesta dinero. El negocio lleva en pie más de un año y poco a poco va creciendo. Sin embargo siguen teniendo dificultades, y Aman las ayuda a conseguir escalar su negocio.

Después de conocerlas y escuchar de primera mano su historia, nos dirigimos a la tienda de otra mujer. En este caso, una carnicería de carne de pollo. Esta mujer, como es el caso de muchas otras, está sacando adelante su familia sola, ya que su marido trabaja en Oriente Medio con un contrato de dos años. Eso quiere decir que el padre no verá a su familia durante todo este tiempo. Ahora ella está intentando hacer crecer su negocio, que hace poco ha empezado, para conseguir que su marido vuelva y poder estar juntos otra vez. En este caso, el local estaba en muy malas condiciones y necesitaba una renovación sobre todo para asegurar una higiene mínima. Una de las reglas que me puse cuando empecé mi proyecto, era no dar dinero y comprar directamente el material, así que en este caso era difícil que pudiera ayudar.

El día siguiente escapamos de la bulliciosa Katmandú para visitar a una mujer que se había instalado en las afueras, en el campo, y llevaba una granja de pollos orgánicos. Su marido había fallecido hacía unos años y ahora tenía que mantener a su familia sola. Tomando té con ella, y hablando a través de Aman, ya que no hablaba inglés, me di cuenta de algo que compartían todas las mujeres que habíamos visitado: cierta alegría innata y una sonrisa sincera. Algo que admiro profundamente habiendo conocido sus duras historias. Prueba de que uno no necesita mucho para ser feliz.

Todas estas historias tienen como protagonistas personajes parecidos: mujeres fuertes que hacen todo lo posible para sacar adelante a su familia en una sociedad de la cual apenas reciben apoyo.

Hablamos con Aman y considerando las diferentes opciones que teníamos, decidimos que podría ayudar a las dos mujeres que tenían el negocio de las muñecas. Necesitaban una máquina para costuras, ya que hasta ahora lo hacían manualmente, cosa que aumentaba el tiempo de producción y con ello el coste. Nos dirigimos a una tienda local y compré una máquina por 13.000 rupias, que son 103€.

El agradecimiento que me mostró con su mirada ya fue suficiente para mí. Sin embargo, no pude evitar sentir impotencia por no poder ayudar a todas las mujeres que había conocido estos dos últimos días.

Ahora me encuentro en Pokhara, alejado del caos de Katmandú y en una atmósfera perfecta para cargar pilas para los próximos días. En 2 días me voy a Hetauda, donde visitaré una ONG española llamada Nepal Sonríe y pasaré 2 días con ellos.

El día 25 además, empezamos la aventura: treking al campo base del Everest, que durará al menos 12 días.

Nos vemos pronto por aquí!

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